No corras como un futbolista… a menos que tengas que hacerlo
Hay una frase que repetimos muchísimo cuando entrenamos a opositores que vienen de haber practicado fútbol, baloncesto, rugby o cualquier otro deporte de equipo: «No corras como un futbolista». Probablemente muchos de los alumnos que han pasado por S4S me la hayan escuchado decenas de veces, sobre todo cuando trabajamos la velocidad máxima y seguimos viendo que corren bajos, que permanecen demasiado tiempo en contacto con el suelo o que parecen estar preparados para cambiar de dirección en cualquier momento.
Sin embargo, ahora que hemos abierto nuestra línea Performance y estamos trabajando específicamente con deportistas, muchas veces hacemos justo lo contrario. Cogemos a un jugador de un deporte de equipo e intentamos enseñarle a correr, en determinadas situaciones, un poco más como lo haría un atleta de pista.
Esto puede parecer contradictorio, pero creo que la contradicción desaparece en cuanto dejamos de preguntarnos cuál es la técnica correcta y empezamos a plantearnos cuál es el problema que tiene que resolver el deportista en cada momento. Porque, aunque tendemos a hablar de la técnica de carrera como si existiera un patrón ideal que todos deberíamos perseguir, la realidad es que la forma en la que nos movemos está condicionada por la tarea, por el entorno y por la información que necesitamos procesar mientras nos desplazamos.
Cómo corre un velocista
Cuando vemos correr a un velocista, encontramos una postura alta, apoyos muy reactivos, tiempos de contacto reducidos, una utilización muy eficiente del ciclo de estiramiento-acortamiento y una capacidad enorme para proyectar el cuerpo hacia delante sin perder velocidad. El atleta busca recorrer una distancia determinada en el menor tiempo posible, sobre una superficie regular y sin tener que modificar constantemente su trayectoria.
Un corredor de 100 metros sale de los tacos sabiendo dónde está la meta y qué tiene que hacer para llegar hasta ella. No tiene que decidir si cambia de dirección, no necesita reaccionar al movimiento de un compañero ni tiene que adaptar su siguiente apoyo a la posición de un rival. Evidentemente, existe una enorme complejidad técnica y coordinativa en la carrera, pero la tarea está muy definida: acelerar, alcanzar la máxima velocidad posible y tratar de mantenerla hasta el final.
Eso permite que toda su organización corporal esté dirigida hacia la producción de velocidad. Cuando ha terminado la fase de aceleración y entra en una posición más vertical, puede correr con el centro de masas elevado, generar mayor tiempo de vuelo y utilizar apoyos extremadamente breves y reactivos. No necesita reservarse demasiadas opciones para cambiar lo que va a hacer en el siguiente paso, porque la decisión ya está tomada.
Cómo corre un futbolista (y por qué tiene todo el sentido)
Ahora imaginemos a un extremo conduciendo el balón por una banda. Durante la carrera tiene que observar dónde está el defensa, valorar si un compañero aparece por dentro, saber si tiene espacio para acelerar, anticipar un posible contacto y decidir continuamente si mantiene la trayectoria, frena o cambia de dirección. La mecánica no puede ser exactamente igual, porque el problema que está resolviendo tampoco lo es.
En un deporte de equipo, cada apoyo no solo sirve para producir fuerza y desplazar el cuerpo; también crea una oportunidad para recoger información y modificar la acción siguiente. El jugador necesita mantener abiertas varias posibilidades y eso hace que, con frecuencia, se desplace con un centro de masas algo más bajo, con una mayor flexión de las articulaciones y con apoyos que pueden durar un poco más. De esa manera dispone de una base más estable desde la que reaccionar, frenar, recolocarse o salir hacia otra dirección.
Esto no quiere decir que los futbolistas corran peor que los velocistas. Quiere decir que su forma de correr está adaptada a un entorno mucho más variable. De hecho, una técnica que sería muy eficiente dentro de una recta de atletismo podría convertirse en una limitación si el deportista tuviera que modificar continuamente su trayectoria.
El terreno también manda
El terreno también tiene una importancia enorme. Un atleta entrena y compite sobre una pista preparada para ofrecer una respuesta prácticamente idéntica en cada apoyo. El jugador de fútbol, en cambio, puede encontrarse con césped mojado, zonas más blandas, pequeños desniveles, hoyos o irregularidades que le obliguen a ajustar la forma en la que entra en contacto con el suelo.
En esas circunstancias, atacar el suelo con un apoyo extremadamente breve y agresivo no siempre será la mejor solución. El jugador necesita cierta estabilidad y un poco más de tiempo para reconocer cómo responde la superficie, organizar su cuerpo y garantizar que podrá continuar la acción sin perder el equilibrio. Por eso me gusta decir que, en determinadas situaciones, el deportista necesita «escuchar» un poco más al suelo.
Por qué le decimos esto a un opositor
Cuando decimos a un opositor que no corra como un futbolista, por tanto, no estamos criticando la forma de correr de los jugadores de deportes de equipo. Lo que intentamos hacer es ayudarle a abandonar una estrategia que ya no responde a la tarea que tiene delante.
Muchos opositores han pasado quince o veinte años practicando deportes en los que debían correr pendientes del balón, del rival y de lo que ocurría a su alrededor. Han aprendido a moverse bajos, a mantener una postura que les permita reaccionar y a controlar los apoyos por si necesitan frenar o girar. El problema aparece cuando trasladan esa misma organización a una prueba de 60 o 100 metros, donde no existe ninguna de esas demandas.
En una recta nadie va a aparecer para quitarles un balón, no tienen que descubrir un espacio libre ni necesitan preparar un cambio de dirección. La tarea consiste únicamente en recorrer la distancia lo más rápido posible. Por eso queremos que corran más altos, que reduzcan la tensión innecesaria, que permitan que aparezca el tiempo de vuelo y que dejen de controlar cada apoyo como si en cualquier momento tuvieran que hacer algo distinto.
La frase «no corras como un futbolista» es, en realidad, una forma rápida de decirles que dejen de prepararse para una decisión que nunca va a llegar. Queremos que entiendan que en ese contexto pueden entregarse por completo a la carrera y permitir que el cuerpo utilice una mecánica más eficiente para producir velocidad.
Cuándo un futbolista SÍ debe correr como un velocista
Ahora bien, cometeríamos un error si llevásemos esta reflexión al extremo y pretendiéramos que todos los jugadores de deportes de equipo corrieran siempre como velocistas. Un futbolista necesita saber acelerar, pero también tiene que frenar, absorber fuerzas, cambiar de dirección, soportar contactos y reorganizarse rápidamente. Si le enseñamos una única forma de relacionarse con el suelo, estaremos reduciendo su capacidad para responder a las diferentes situaciones que aparecen en el juego.
Lo interesante es entender que dentro de un partido también existen momentos en los que el jugador sí puede beneficiarse de una mecánica más cercana a la del atletismo. Pensemos en un desmarque largo, una transición ofensiva, una carrera para alcanzar un balón dividido o una persecución en la que la dirección está clara y no parece probable que tenga que modificarse durante varios metros.
En ese instante la decisión ya está tomada. El deportista sabe hacia dónde va y puede concentrarse durante unos segundos en recorrer esa distancia de la forma más rápida posible. Es ahí donde mejorar su postura, su capacidad de proyectarse y su comportamiento a máxima velocidad puede generar una ventaja real. No porque queramos convertirlo en un velocista, sino porque queremos darle una solución más eficiente para una situación concreta del juego.
Y al revés: un atleta también tiene que aprender a frenar
Esta reflexión también funciona en sentido contrario. A veces pensamos que un atleta de pista solo necesita aprender a desplazarse hacia delante y que todo aquello relacionado con la desaceleración o el cambio de dirección pertenece exclusivamente a los deportes de equipo. Pero los atletas no solo compiten: también entrenan, y durante sus entrenamientos aceleran, frenan, se desplazan por espacios reducidos, realizan ejercicios generales y tienen que reorganizar el cuerpo después de esfuerzos de alta intensidad.
Cada vez que un atleta acelera, en algún momento tendrá que detenerse. Y si no le enseñamos a reducir la velocidad, a orientar correctamente las fuerzas y a relacionarse con el suelo durante una desaceleración, estamos dejando fuera una capacidad importante para su rendimiento, pero también para su salud y su seguridad. No hace falta convertir una sesión de velocidad en un entrenamiento de agilidad, pero sí comprender que aprender a frenar forma parte de aprender a correr.
No existe una única técnica correcta
Por eso creo que hablar de una única técnica correcta nos lleva a simplificar demasiado el movimiento. Un deportista no debería correr siempre alto ni siempre bajo, ni debería buscar siempre el menor tiempo de contacto posible. Tendrá que organizarse de una manera u otra dependiendo de la velocidad a la que se desplaza, de las decisiones que tenga que tomar, de la superficie, de la presencia de oponentes y de lo que pueda ocurrir en los metros siguientes.
La técnica no es una postura que el deportista memoriza y reproduce independientemente del contexto. Es la solución que su cuerpo encuentra ante un problema concreto. Nuestro trabajo como entrenadores no consiste simplemente en imponer una imagen técnica, sino en ayudarle a ampliar el número de soluciones que tiene disponibles y enseñarle a utilizar cada una en el momento adecuado.
Un jugador de fútbol tiene que ser capaz de correr como futbolista cuando el juego le exige reaccionar, controlar y mantener abiertas diferentes opciones, pero también debería poder correr como un velocista cuando tiene por delante una distancia limpia y la decisión ya está tomada. De la misma forma, un atleta debe ser capaz de maximizar su velocidad en la recta, pero también necesita dominar las mecánicas que le permiten desacelerar y salir con seguridad de cada esfuerzo.
Así que quizá la pregunta no sea si debemos correr como un futbolista o como un atleta. La pregunta realmente útil es qué necesitamos hacer en ese momento y qué forma de relacionarnos con el suelo nos permite resolver mejor la tarea. Cuando empezamos a pensar así, dejamos de enseñar movimientos aislados y comenzamos a preparar deportistas más adaptables, más completos y con una mayor capacidad para rendir en el contexto real de su deporte.




