Nadie nos enseñó a caer.

Vivimos en la cultura del éxito. De seguir a nuestros ídolos, de alabar lo bien que juega un deportista, de celebrar que ganamos la Champions.

Invitamos a cenar cuando nos suben el sueldo, nos entrevistan cuando quedamos primeros, y conseguimos más clientes cuando salimos en las redes.

Buscamos el listado de los 10 mejores productos del mercado antes de comprar lo que deseamos y conocemos el nombre y apellidos de aquellos que suben al podio a recibir los trofeos..

El éxito nos motiva, nos da una dirección y sin duda nos hace mejorar.

Desde la cultura de lo rápido e instantáneo, de lo efímero y temporal, dejamos en segundo lugar al proceso, el camino que todos debemos recorrer si queremos ser exitosos.

Tendemos a olvidar las innumerables horas de preparación, el estrés psicológico, las lesiones superadas, el dinero gastado, los madrugones, o las elecciones tan difíciles que debemos tomar cuando se persiguen objetivos ambiciosos.

Cuando comentamos entre amigos cosas como “es que tiene una genética increíble”, o “claro, es que lleva haciendo deporte toda la vida”, o “tiene mucho tiempo libre”, sobre alguien que destaca haciendo algo (en este caso obviamente algo deportivo), estamos directamente faltando el respeto al trabajo que lleva llegar hasta ahí.

Pero esta entrada no trata de eso. No quiere concienciaros del esfuerzo que supone llegar hasta una meta. Esto ya lo sabemos.

Trata de que a veces, las cosas no salen.

Por todo el trabajo que hayas realizado hasta la fecha, lo bien que te hayas preparado, lo pronto que te fuiste a dormir, la cantidad de domingos que dejaste a tu pareja durmiendo para salir con la bici y que te diera tiempo a llegar y comer juntos, lo que te costó ahorrar para comprarte una equipación mejor, el estudio biomecánico, los entrenamientos de fuerza, la nutrición medida al detalle…

A veces, las cosas, simplemente, no salen.

Y te echas las manos a la cabeza y lloras por dentro, te llenas de rabia y quieres pagarlo contra algo o alguien. Encontrar una razón que de sentido a esta injusticia, porque joder, tú has hecho absolutamente todo lo que está en tu mano.

Y es que hermano/ amigo/ entrenado nadie nos enseñó a caer.

Creemos que, si luchamos lo suficiente, lo conseguiremos y si persistimos y persistimos acabará siendo nuestro. Y nos olvidamos de que trabajamos con probabilidades, que cuando nos preparamos, las probabilidades de éxito aumentan, pero que nunca nunca llegaremos al 100% de certeza.

Y como decimos la vida te golpea, te tumba y te quedas como cuando no te esperas que de repente te deje tu chica. Hundido, perdido, buscando explicaciones como un loco.

Pero te aseguro hermano que el 133 no va a ser un número que odies. Te lo aseguro. Porque el 133 va a hacer que nunca pierdas el respeto por ninguna prueba, por pequeña que sea. Te va a hacer saborear cada victoria personal con mucha más intensidad porque te va a recordar en cada momento que por mucho, mucho que te hayas preparado para algo, siempre vas a salir al campo de juego “jugándotela” sabiendo que, cuando la vida te golpea, te tumba, y te hunde, nunca duele tanto como cuando sabes que por tu parte, podías haber hecho algo más.

No podemos estar más contentos y orgullosos de haberte visto dejándote el aliento por conseguir tus metas.

Por las innumerables metas que te esperan.

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